Mariola 1987
Fermín
Fermín apoya las manos en el volante y mira a través del parabrisas. Lleva diez minutos estacionado en paralelo al cauce seco del arroyo de la Gavia, a unos trescientos metros del acceso principal del poblado, y en todo ese tiempo no ha hecho otra cosa que cavilar sobre su situación mientras escucha distraído la radio. En Los 40 principales el locutor anuncia que Don’t stand so close to me, de The Police, acaba de alzarse al número uno. No le gusta esa música. Bastante tiene con haberse habituado a tararear canción protesta, inclinación que va a hacer más creíble la patraña. Mueve el dial. Al esfumarse los acordes la cosa no mejora. En Radio Nacional de España Javier González habla de la presencia de tropas sirias en el Líbano. Un par de noticias luctuosas después silencia el aparato, apaga el motor y sale.
Antes de irse se asegura de que el Opel Kadett gris que lo ha llevado a duras penas hasta allí queda bien cerrado. Denosta con el pensamiento el vulgar cochecito y decide que pondrá la crisis de los cuarenta —aunque a saber qué será de él dentro de diecisiete años— como excusa para comprarse un coche en condiciones. Uno clásico como el que tuvo su padre estaría bien. Recordar a aquel hombre de ademanes castrenses le provoca, como siempre, una sangrante mella en el ánimo. Se atempera, como siempre también, encendiendo un cigarro. Hace tanto frío que el humo se enreda con las nubecillas de vaho que se le escapan por la nariz y la boca. Angustiado advierte que ya no puede entretenerse más. Es el momento de enfrentarse a lo que sea que esté por venir. Emplea aún un segundo en buscar su reflejo en la ventanilla. Le admira comprobar que casi no se reconoce. Ahora lleva el pelo por los hombros y las patillas recortadas en ángulo a la altura de la quijada. Se ha hecho con una chupa de cuero de segunda mano barata y hortera —una cosa ha llevado a la otra— que viste desabrochada, igual que la camisa roja de pana. Un par de collares se le enredan en el vello del pecho, al descubierto, y unos cuantos anillos de bisutería le adornan las manos. Tira la colilla y se las mete en los bolsillos. Empiezan a entumecerse por la baja temperatura. Luego se encorva para preservar el calor que se le escapa por la holgura de la chaqueta —tras cuatro meses de privación está tan flaco que el esternón se le repliega entre las costillas hundidas— y emprende la marcha. Ha llovido mucho en los últimos días y la tierra del camino de la Magdalena se ha convertido en barro. Avanza decidido. Pero al dejar a su izquierda el recinto de Mercamadrid, dibujado ahora bajo el cielo pálido y sucio de los inviernos madrileños, se le vuelven a encoger el corazón y el estómago. Va a ser duro. Va a sentirse muy solo. Va a pasar mucho miedo.
—Es lo que hay— se dice.
Accede al poblado a través del muro ilegal que lo circunda, entre ladrillos desgastados por la intemperie. Lo primero que ve es un desfile de yonquis. Erráticos, lo ignoran cuando pasa por su lado. Hasta que uno se para y escupe a sus pies. «¡Maricona!», le grita antes de volver a la zaga de la procesión que camina hacia la salida. Parece que su aspecto de quinqui pulcro le ha molestado.
Pasa después junto a un sinfín de vehículos a medio desguazar. En uno hay un tipo de unos cincuenta. Le emerge una jeringuilla de la sangradura izquierda. Dentro del contiguo distingue los perfiles de dos personas, una sentada sobre otra. El balanceo lo pone sobre aviso. Desvía la vista entre el asco y el sonrojo.
No ha tenido tiempo de reponerse del trance cuando le sale al paso una mujer. La boca torpemente pintada de rojo se entreabre revelando que le faltan algunas piezas dentales. Otras sombrean. Un par de ojos negros, hundidos en un rostro de palidez espectral, lo observan mientras se retira los tirantes de la camiseta y se remanga la falda. No lleva ropa interior, solo unas medias rotas. Se le ofrece a cambio de un pollo. Aturdido por el hedor, mezcla de enfermedad, pobreza y orín rancio, niega con la cabeza y la aparta con suavidad, aun cuando el cuerpo le pide hacerlo de un empujón, dar media vuelta y salir de allí corriendo. A cambio se permite sugerirle en un susurro que se acerque al centro asistencial que crece como una isla a la deriva en medio de aquel mar de miseria. Ella sale por piernas. Debe tener el cerebro hecho papilla. A saber lo que ha entendido.
No puede más con aquel frío. Se emboza con el cuello de la cazadora y se dirige, esquivando charcos, neumáticos, bolsas de basura y escombros, a la infravivienda del final de la vía de tierra. Es una casa de una planta construida con ladrillos roídos por la humedad. Por la fachada, casi arrumbada por la falta de mantenimiento, serpentean tres cables. Anclados a la pared con duelas de acero discurren, junto a una farola detraída al viario público, hacia el techado de uralita. Conducen a una antena de radio, otra de parrilla y una parabólica. Es muy obvio que aquel domicilio es el centro de operaciones del clan. Va a echar un vistazo a la parte trasera. Allí se acumulan escombros y basura hasta la altura de las ventanas, protegidas por barrotes de hierro oxidado. A través de una rendija abierta entre cortinas advierte que el interior, sin embargo, dista mucho de ser miserable. Ve una televisión del doble de pulgadas que la suya frente a un sofá cubierto por una tela verde. Hay un jarrón con flores frescas sobre una mesa en la que todavía restan platos por recoger. La estancia está, por lo demás, impoluta. Al bordear la casa se tropieza con un chucho que aúlla lastimero. Anudado a una arandela clavada en la pared, un cordel negro de plástico lo retiene. Las calvas emergen como islas rosas entre el pelaje gris. «Sarna», piensa.
Está tan distraído diagnosticando al animal que no advierte el movimiento hasta que es demasiado tarde. Una mano gigantesca se cierra entorno al hombro derecho haciéndole crujir la clavícula. Gira lo que la bestia que acaba de atraparlo le deja. De una furgoneta negra descienden otros dos antropoides de aspecto si cabe más fiero que el que lo tiene inmovilizado. Mientras, una mujer muy joven lo observa curiosa desde la ventanilla del copiloto. Tarda apenas un segundo en apearse.
—¡Déjalo, Arnaldo, déjalo!
Tiene la piel cobriza. El pelo negro y lustroso flamea con la brisa. El vestido se abraza firmemente a su figura, sinuosa desde el cuello hasta los tobillos, cubiertos como sus pies con unos botines altos con tachuelas. Le recuerda a una actriz. No da con el nombre.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunta ella ante el silencio escrutador.
—La casa no está mal. El pobre perro, así, así.
—Qué bobo —ríe ella. A diferencia de las otras mujeres con las que se ha cruzado, a su sonrisa no le faltan dientes—. Supongo que eres Fermín. Óscar no está. Pero me ha hablado de ti. Te atenderé yo.
Él estira el brazo. Cuando ella estrecha su mano siente que la realidad se vuelve ficción, que deja de ser él para transformarse en la persona que transitará por allí en los próximos meses y comprende que, después de aquello, no volverá a ser el mismo.
Hijos de Caín
Los efluvios emanan de las cañerías viejas del baño del piso en el que han alojado a Fermín. Está separado del resto del apartamento solo por una cortinilla de rayas azules y negras, así que el hedor inunda toda la casa. La ventana está casi siempre abierta para ventilar. Pero hoy no. Hoy cae sobre Madrid un fino aguanieve. Por suerte, mientras la mitad norte de la Península ha quedado prácticamente incomunicada con el resto de España al recrudecerse la ola de frío, aquí menguan los cuatro centímetros de nieve acumulados durante la madrugada. Cada vez más sucia, se acumula en las aceras y se transforma en agua negra sobre el asfalto.
Después de observar largamente la calle, decide preparar café. Para acabar de despertar y para entrar en calor. El aire helado se cuela por las holguras de los marcos de hierro de las ventanas y hay mucha humedad. La estufa ha perdido rendimiento tras fundirse uno de los tubos. La caldera gorjea. Es habitual en días como este. El hielo agarrota el metal y el agua, que no tiene suficiente presión para llegar a las plantas de arriba, se estanca.
Un vinilo de Barón Rojo se reproduce a trompicones en el equipo de música, único capricho que ha podido llevar consigo y que le permite no perder del todo la noción de la realidad. Se dispone a llenar la cafetera mientras Canturrea Hijos de Caín cuando repara en que el fregadero está atascado. En un charco pardo flotan granos de arroz y restos de huevo revuelto de la cena.
La ropa interior térmica color caqui que su hermano Martín, que está en el ejército, le ha suministrado, no lo aísla del frío cuando se arrodilla en las baldosas de gres jaspeado. Tiritando extrae de debajo de la pila una caja de herramientas abandonada por el anterior inquilino. Se hace con una llave inglesa. Golpea con ella la tubería que conecta la artesa con el desagüe en busca del punto en el que se encuentra el obstáculo.
Mientras lo hace piensa que debe ser más cuidadoso. Todos los días hace malabares para no tropezarse con alguno de los yonquis con los que suele tratar a diario y por la noche se recluye pronto en el zulo, como ha dado en llamar al sucio y escueto apartamento. Apenas ha dado dos golpes se acoplan a él otros provenientes de la puerta.
Se levanta precipitadamente y retira el brazo del tocadiscos. Nadie, salvo su enlace y el casero, saben que está allí. De hecho, al casero le ha pedido encarecidamente que, si alguien pregunta por el señor Canencia debe decir que no le suena de nada. Torcuato, que así se llama el hombre, puso en su momento los ojos en blanco —tiene un ojo pipa, como dice su madre, así que no le ha resultado difícil— ante tal demanda, sospechando que quizás estaba dando amparo a un delincuente.
Él lo había tranquilizado asegurando que se ocultaba de su pareja, una mujer de armas tomar dispuesta a llevarlo al altar agarrado de una oreja. Después de cierta desconfianza, muchas risas y alguna palmada en la espalda, Torcuato accedió a guardarle el secreto.
Ahora, con el corazón martilleándole la garganta y la boca seca, consciente de que puede que la haya cagado, guarda silencio y piensa que igual el hombre ha cambiado de idea y que, a la vista de las pintas que lleva habitualmente, ha llegado a la conclusión de que es uno de aquellos toxicómanos de los que está plagado el barrio y a los que él mismo frecuenta.
Piensa también que, si no se mueve, el visitante desistirá. Pero no lo hace. No ha pasado ni un minuto y vuelve a picar la puerta. Decide asomarse. Tiene el visor de la mirilla tapado con un disco confeccionado con fieltro. Posa el ojo sobre él antes de retirarlo despacio, para evitar que se vea luz al otro lado.
Lo que ve en el descansillo lo deja loco.
Es ella.
Antes de plantearse cómo ha logrado dar con él, le grita:
—¡Fermín! ¡Fermín! ¡Sé que estás ahí!
Pues claro que lo sabe. Como si su vozarrón de doblador de cine no hubiera amplificado la letra de la canción. Se pregunta qué hace allí. Pero ¿qué más da? Perdido en un aluvión de pensamientos caóticos, contiene las ganas de gritar, de llorar, de salir por la ventana y huir de toda aquella mierda. Pero tiene una responsabilidad. Tiene una vida profesional y real por la que responder.
Contiene la respiración. Abre la puerta y le regala la mejor de sus sonrisas.
—Antes de que preguntes, ha sido Jandro el que me ha traído hasta aquí —dice ella dejándolo con los interrogantes en la punta de la lengua.
Así que había sido él. Hacía apenas una semana, al salir del supermercado con un cartón de huevos y una barra de pan para la cena, se había dado de bruces con Jandro Heredia, primo tercero, o cuarto, de Óscar Esquivias, a la sazón, su objetivo. Le había mentido sin pudor, con naturalidad —total, hacía un mes que su vida era una farsa— contándole que había decidido alquilar un apartamento desde el que poder vigilar a los nuevos clientes y a los camellos que podían convertirse en la competencia. Era Jandro un hombre afable, de pocas luces, al que invitaba a cerveza hasta hacerlo caer redondo. Droga y alcohol eran las mejores monedas de cambio para aquel tipo. Y sexo. Claro. Pero él aquello no se lo podía ofrecer.
El pariente de Esquivias se había tragado el anzuelo, el sedal y la caña hasta la empuñadura. Había creído a pies juntillas su historia y prometido sobre la medalla de Santa Gema que llevaba al cuello que no delataría su ubicación. Pero allí está ella.
—…pero prefiero Medina Azahara —le dice cuando logra desprenderse de la incómoda sensación de que quizás el tal Jandro no es tan tonto como parece—. La canción protesta no es lo mío.
—Así que no te gusta Barón Rojo… ¿Y Leño? —ella niega—. ¿Rosendo?
Ella suelta una risita nasal mientras sigue moviendo la cabeza de un lado a otro.
—En realidad me gustas tú.
Él carraspea. Aquello sí que no se lo esperaba.
—¿Quieres una cerveza? —le ofrece para salir del trago.
—¿Por qué no?
La escucha reírse a carcajadas cuando abre la ventana y coje un par de tercios del alféizar
—Hace más frío fuera que dentro —se excusa él.
—No sé yo qué decirte —ella coge la botella y en el mismo movimiento se la lleva a la boca. Un trago largo después agrega—: En esto tampoco nos ponemos de acuerdo. La prefiero holandesa.
Él se encoge un poco de hombros.
—Como madrileño de pro defenderé la Mahou hasta la muerte. Es lo mejor que se puede beber aquí. Después del agua del grifo, claro está.
Ella ahora se desternilla.
—Eres genial. Me pregunto dónde has estado el resto de mi vida.
Guardan ambos silencio mientras se miran y se terminan el trago.
Son solo las diez de la mañana. Pero él, de repente, se siente flamenco.
—También tengo wiski, por si te apetece.
—Prefiero el curaçao, por poner un ejemplo.
—Tienes unos gustos muy refinados, demasiado refinados para…
—¿Para vivir en un poblado chabolista y ser la novia de un camello?
—No, mujer, no es eso.
—Claro que es eso. Y precisamente de Califa vengo a hablarte.
Embrujo
—Te sienta bien el disfraz, Tirillas.
El hombre que le habla ha dejado a unos trescientos metros el coche en el que ha ido a su encuentro. Ahora está tumbado a su lado, sobre la tierra húmeda. Lleva unos pantalones de felpa cubiertos de barro hasta las pantorrillas y una camiseta negra de manga corta. Bajo el dobladillo descosido del vuelillo derecho se le atisba la mitad del ancla que lleva toscamente tatuada en el hombro. El aliento se le escapa como niebla sólida por la boca entreabierta, pero parece que no tiene frío. Para vestir de esa guisa en Madrid en invierno hay que tener ascendencia vasca o haber servido en la Legión.
Ambas circunstancias concurren en Popeye.
Ocultos tras unos matorrales observan el movimiento en el descampado. Junto a la pista de tierra que lo rodea hay un sofá viejo al que se le escapan la espuma y los muelles. Hay también una furgoneta desvalijada y un bidón azul con restos de poda. Deben de proceder de los chalés que crecen junto a la nueva carretera de circunvalación.
Al solar se accede por una pista asfaltada. Por ella circulan ahora dos vehículos de gran cilindrada que llaman de inmediato su atención. El primero se detiene cerca del sillón raído. De él se apean dos tipos de negro sobre cuyos abultados pechos serpentean cadenas de oro del grosor de una manguera contra incendios. Fermín toma los prismáticos que le tiende Popeye.
—Dices tú de disfraces. Estoy hasta las pelotas de fingir —dice mientras se ciñe los binóculos a la cara y hace uso de la rueda de enfoque—. Esos son el Pencas y el Lanas.
—¿De Óscar Esquivias nada?
—De Califa no hay rastro… —se interrumpe cuando, del segundo coche, sale una única persona.
Ante el silencio inexpresivo y repentino que sucede, Popeye le arranca el instrumento de las manos.
—La Virgen, ¿esa es su chorba? —se acoda para obtener una mejor perspectiva—. No tiene mal gusto Califa, no —luego baja los anteojos y le dirige una mirada lujuriosa—: Espero de corazón que no le hagas pasar hambre a ese culito.
—Pero ¿qué gilipolleces dices? —se enfada Fermín.
—Lobato dice que te has encoñado. Y ahora que la veo en persona y no en foto, lo comprendo.
—Lobato se puede ir a la mierda.
—No, si a la mierda se puede ir. Pero cuando lo haga lo hará nervioso. Dice que igual se ha equivocado contigo. Que si llevas aquí más de un mes y aún no hay resultados es que estás pensando más con el cipote que con la cabeza.
A alias Fermín se le acaba la paciencia. El cuerpo no le pide otra cosa que soltar sapos y culebras. Incluso una hostia bien dada. Sabe que levanta la voz más de lo necesario, pero es que Popeye, Lobato y el esquivo Califa —incluso ella a ratos— lo sacan de sus casillas.
—¡Que le vayan dando por saco a Lobato! ¿A que ahora él está en casa con el mando en la mano mientras a ti y a mí se nos congelan los huevos en este descampado?
—No te sulfures, Tirillas.
—¡Que no me llames Tirillas, coño!
Le tira el binóculo a Popeye y se pone en pie airado. Pero algo lo hace recapacitar. Vuelve a tenderse junto a aquel tipo al que no soporta y que por desgracia le han colocado como enlace. Un tercer coche se aproxima.
—¿Califa? —pregunta el exlegionario.
Fermín niega.
—Es Picatoste, el patriarca de los Burletes. Si pudiéramos pescar a los dos, haríamos pleno.
—Al que queremos es al Califa. Eso han dicho los jefes.
Fermín se aviene asintiendo.
—Es un tipo escurridizo. Apenas una sombra. Algunos piensan que es una patraña del clan, que no existe.
—Pero como es obvio que esos algunos no se encuentran entre los que dirigen esta operación, tenemos que seguir adelante.
Seguir adelante. Esa es la consigna. Pero hace días que lo que Fermín quiere es pedir que lo releven.
Seguir adelante. Esa es la consigna. Pero hace días que solo quiere pedir que lo releven. Han transcurrido casi cinco semanas y no ha habido manera de dar con Óscar Califa Esquivias y él no sabe cuánto tiempo más podrá mantenerse firme ante el embrujo de ella. Esperaba atraerlo paseándose con su novia por el poblado y ahora lo único que desea es pasear con ella muy lejos de allí.
Lo que eres
Fermín detiene el coche al borde del camino. Saca las llaves del contacto y mira a través del parabrisas. Luego a ella. Tiene la vista fija en el paisaje. Una vasta extensión de campos yermos salpicados de matojos y piedras. No ha dejado de lloviznar durante todo el trayecto. Ahora parece que se abre paso el sol entre las nubes. Aclara su gesto, que es el de una estatua del bajo imperio egipcio. Él se aclara la voz y le pregunta:
—No sé muy bien qué hacemos aquí.
—Ese el cuartel general de los nuestros —dice ella. Y adelanta el mentón hacia una construcción abandonada. El portón metálico una vez fue rojo. Por las grietas de la pintura mermada asoma la herrumbre.
Han dejado atrás un polígono industrial y ahora están a medio camino entre la nave más alejada de la carretera y las primeras edificaciones de Algete, cuyo perfil se dibuja bajo el cielo plomizo. En primavera aquellos páramos baldíos deben lucir cuajados de espigas y amapolas. Ahora solo hay tierra humedecida y un frio helador. Siendo una población tan próxima a Madrid, él nunca ha estado. Se pregunta cuántos municipios de la Comunidad le quedan por visitar. Concluye que demasiados. Cuando vuelva, cuando todo sea como tiene que ser, iniciará un tour por la tierra que lo vio nacer y a la que, a decir verdad, nunca se ha sentido demasiado vinculado. Puede que se deba a los veranos repartidos entre Pedreña y la serranía de Cuenca y a los fines de semana en Nuevo Baztán, donde el mayor de sus hermanos tiene un terreno en el que crecen olivos y cultiva tomates.
Cuando la ve alejarse por el sendero de gravilla que parte de aquel a cuyo costado ha parado, se da cuenta de que está divagando para evitar acompañarla y así retrasar lo que sea que hayan ido a hacer allí.
Se baja y aleja del coche. Cada vez que lo hace ruega en su interior para que, a la vuelta, algún quinqui se lo haya llevado y así se lo cambien por otro. Pero nadie se lo lleva. Ni en un desguace lo querrían. Piensa en el Citroën verde charca al que le tiene echado el ojo. Pedreña, Cuenca, Nuevo Baztán, un Citroën. A aquellas pequeñas —y otras grandes, claro— cosas se reducía su existencia antes de aquello.
—¿Vienes o qué? —le grita ella, a unos veinte metros ya.
Él no sabe si fumar, si toser o si rascarse la barriga. Está tan nervioso que le van a estallar las venas de la garganta. Si aún no ha sufrido un ictus, es posible que lo sufra antes de que todo acabe. Solo a paso vivo logra darle alcance.
Resulta que la puerta está ligeramente abierta. Alguien ha usado una cizalla para cortar la cadena que mantenía ambas hojas cerradas. Un cerrojo de grandes dimensiones yace a sus pies, sepultado entre ladrillos rotos y malas hierbas..
—Este es solo uno de los almacenes que usan para los intercambios. No llegan a bajarse de los camiones. Es un sitio discreto, a medio camino de ninguna parte.
—¿Por qué? —la interrumpe él.
—Por qué ¿qué?
—Todo esto me es indiferente. Con que la mercancía esté donde debe estar cuando me lo piden mis clientes, me basta. No me interesa vuestra logística.
—Sé quién eres —le lanza.
—Y yo también, no te jode —dice él. El corazón le trepida en el pecho. Ignora si será capaz de articular alguna palabra más.
Ella achina entonces los ojos y se le acerca tanto que puede sentir su aliento sobre los labios. Si pudiera, la besaría. Espera a que sea ella la que aclare los términos de su aserto.
—Cuando te crías en un lugar como ese en el que vivo yo, aprendes a distinguir a los de tu clase.
—¿Mi clase?
Ella se encoge de hombros.
—Un hombre que presume de gusto por la canción protesta, pero escucha a Raphael en el coche, tiene mucho que ocultar.
¿Algo tan absurdo como aquello va a delatarlo? Con el pulso desbocado por el miedo, decide arriesgarse. Posa las manos en sus caderas y la atrapa entre su cuerpo y la pared de ladrillo descascarillado. Si, tal y como intuye, ella también siente algo, un par de carantoñas distraerán su atención.
—Soy un poco cabrón y algo casquivano. Pero eso es algo que no afecta al trato que tengo con Califa. De hecho, mientras él mira hacia otro lado, tú y yo podríamos…
Ella se escurre de entre sus brazos como una lagartija.
—Si no fueras lo que eres, te pediría que me hicieras un hijo.
Se echa a reír mientras camina hacia el portón. Lo empuja con todas sus fuerzas y aun así le cuesta. Él la ayuda. Ahora están en el interior de una construcción más destartalada de lo que se advierte desde el exterior. Han reventado las ventanas a pedradas y el suelo está cubierto de trozos irregulares de cristal. Hay latas y botellas vacías, bidones amarillos con los bordes ennegrecidos, neumáticos reventados. Junto a una de las paredes, cubiertas de pintadas, se distingue una caseta, una especie de chiscón. A través de un ventanuco sucio se ve una cama desvencijada cubierta por un colchón salpicado de lamparones oscuros. Podría ser grasa. Podrían ser fluidos corporales. Siente cierta aprensión al pensar que quizás lo ha llevado allí para pedirle lo que acababa de decirle que le pediría si no fuera lo que es… Pero ¿sabe lo que es o solo lo está poniendo a prueba?
Resuelve que solo lo está tanteando —espera que no cuestione su palabra, que la asuma cual dogma de fe— y la observa moverse con soltura por la nave.
—Pues aquí lo tienes, el centro de operaciones.
Él vuelve a aclararse la voz. No quiere que se le quiebre y ella note su ansiedad.
—Así que es aquí a donde vienen los camiones —repite las palabras de ella.
—Salvo los que interceptan los guardias de aduanas.
—¿De dónde provienen los envíos?
—De Marruecos los que entran por La Línea.
La información que está recibiendo es tan valiosa que su cerebro se pone en modo «lo que es». Alias Fermín intenta que no se le note.
—Y de Tánger los del puerto de Barcelona —dice como al descuido.
Ella da una vuelta sobre sí misma con los brazos estirados.
—Es un supermercado sobre ruedas. Los camellos y algún que otro yonqui con coche atestan esto los fines de semana.
—¿Nunca ha habido una redada? —Ella niega—. ¿Ni siquiera un chivatazo que haya obligado a la pasma a intervenir?
—Es un polígono abandonado. Mientras los políticos se ponen de acuerdo sobre si hay que demolerlo o no…
—Claro. Unos por otros y la casa sin barrer.
Se ríe de su propio chascarrillo para no echarse a temblar. Acaba de comprender que tiene algo gordo entre manos. Su pensamiento comienza a saltar de un lado a otro. Debe ponerse en contacto de inmediato con Lobato. Él le dirá cuál es el siguiente paso.
Mariola 1987
Son las 9:46 del día D.
Tras varios días lluviosos un fino manto de nieve se acumula esa mañana sobre Madrid y anuncia el inicio de otra ola de frío. Con las manos entumecidas dentro de los guantes piensa que ojalá no sea tan dura como la que unos meses antes mantuvo en jaque la circulación y las comunicaciones.
Acaban de abandonarlo en la intersección entre la autovía y el camino que da acceso al poblado. La nieve cruje al compactarse bajo sus pisadas. A pesar de llevar la cabeza cubierta con un verdugo negro, siente las cuchilladas del frío en las sienes.
—El día D —repite para sí.
Hoy se acaba todo.
Esa tarde abrirá la puerta de casa. Su hija de dos años correrá por el pasillo y se tirará en sus brazos. Después aparecerá su mujer. La última vez que se vieron el embarazo apenas se le notaba. Ahora que está de casi seis meses será difícil de ocultar.
La extracción es el momento más delicado en este tipo de operaciones. Todo lo que es susceptible de ir mal puede ir mal. Pero no le apetece exponerse ni un solo día más. Ha insistido en no tomar parte en el cierre de la operación. Está demasiado implicado. Pero los mandos han decidido lo contrario. Se ha convertido en una pieza clave dentro de la organización gracias a su magnífica interpretación. Sería raro que, precisamente el día en que se van a llevar a cabo las detenciones, no estuviera. Quién sabe si alguno podría atar cabos y guardársela para tiempos futuros.
El caso es que allí está, transpirando copiosamente a pesar del frío. Hasta le tiemblan las piernas. Se atempera. Pero al trasponer el muro blanco y, casi de inmediato, percibe que algo va mal. La vía principal está desierta. No hay mujeres y niños en la calle. No hay hombres quemando escombros. No hay más que dos o tres drogadictos apoyados en los muros arrumbados de las primeras casas. Aquello no huele bien. Huele, de hecho, muy mal. Huele, de hecho, a droga quemada.
Con los sentidos alerta aprieta el paso y también el auricular que lleva inserto en el oído derecho. Le hablan cuando está a punto de dar la vuelta y abortar. Le indican que el dispositivo está en marcha. Que en dos minutos aquello se va a convertir en un infierno de rueda quemada y motor a todo gas. Nueve dotaciones, incluidas algunas unidades de especialistas, ruedan en ese momento por la carretera de Valencia en dirección a la Barranquilla.
Muerto de miedo avista la casa, aquella casa a la que llegó el primer día, el lugar donde se encontró por primera vez con ella. Recuerda todas y cada una de las conversaciones que han mantenido, todos y cada uno de los paseos acompañados por el temor a verse sorprendidos en una mirada encendida o una caricia robada. Ella no está por ninguna parte. Tampoco parece que lo esté Óscar Califa Esquivias. Solo ve a Jandro que, con su mirada estrábica, le dirige una ojeada inquietante.
Es entonces cuando el retumbar anuncia la llegada de la caballería. Gira apenas la cabeza sobre su hombro. Una ola de barro y nieve acompaña la irrupción. Los primeros agentes, armados hasta los dientes, se lanzan de los vehículos en marcha. Él se queda parado mientras tres coches rodean la vivienda.
Le han dicho que la mejor forma de disimular es echarse inmediatamente al suelo. Se coloca las manos en la nuca antes de que le den la orden y se tumba todo lo largo que es. La nieve y el fango se le cuelan por la ropa, le empalan el estómago, siente ganas de vomitar.
Jandro lo imita y se tiende a su lado. Le dirige una mirada glacial y murmura entre dientes algo que no alcanza a comprender. Resulta que sí que estaba en la casa. Sale acompañada de un agente encapuchado. Tras ella salen varios familiares a los que ahora no logra poner nombre. Todos le dirigen una ojeada rápida.
Se acerca entonces Popeye. Lleva la cara tapada como el resto de los efectivos que ha participado en la operación. Lo conoce por el ancla y los andares. Es él el que se encarga de levantarlo de malas maneras, para hacer la farsa más creíble. Aunque él sospecha que algo de mala baba real hay en la manera en que lo zarandea antes de lanzarlo contra el capó del coche patrulla que se va a encargar de devolverlo a su comisaría, la de Ciudad Lineal, como paso previo al regreso a casa.
Para reforzar la comedia lo cachea. Y Fermín no puede evitar revolverse cuando roza el bolsillo en el que lleva la foto que le dio ella. La foto en cuyo reverso ha escrito, con su letra pulcra y alargada: «Mariola 1987».
Popeye le grita que se esté quieto, lo arrastra consigo y le propina un brioso empellón que lo sitúa de golpe en la parte trasera del vehículo policial. Con la sien apoyada en el cristal y lágrimas de alivio en los ojos, contempla el despliegue. Los efectivos del operativo entran y salen de las chabolas circundantes.
Califa no aparece.
Y en el fondo le da igual.
Augusto Tirillas Maestre, alias Fermín, mete la mano en el bolsillo y acaricia la foto mientras se pregunta cuándo volverán a verse.
