Máscaras

ADVERTENCIA: NO LEAS ESTE RELATO FINAL DE EL TENTADOR CALOR DE LAS LLAMAS HASTA QUE HAYAS TERMINADO EL EL TENTADOR CALOR DE LAS LLAMAS, contiene spoilers

Las luces se veían más tenues que en la fiesta anterior, algo que agradeció. Le gustaba la música de aquel lugar, rock alternativo sin estridencias, era un sitio ideal para evitar las aglomeraciones de las discotecas y bares de ambiente del centro.

Paula echó un vistazo a la sala desde la entrada. Las mujeres que habían sido puntuales, como ella, vestían distintos disfraces y máscaras, tal y como pedía la organización en cada cita. Paula se paseó entre los pequeños grupos en dirección a la barra, un recorrido que ya se había convertido en casi un ritual, y lo hacía como si no estuviera del todo allí. Tampoco se preocupaba demasiado en su atuendo, que era muy parecido en cada ocasión: blusa y pantalones negros, máscara estilo veneciano, plateada y sin adornos, que le ocultaba todo el rostro a excepción de la boca y la barbilla. El anonimato era lo que más le llamaba la atención de esos encuentros. Cada una decidía si al cruzar las puertas del local quería llegar más lejos y descubrir el pastel.

Ella no lo hacía nunca.

Máscaras

Pidió una ginebra con tónica y se dio la vuelta para continuar observando. Parte de su costumbre consistía en no hablar con nadie hasta que alguna de esas mujeres se acercara. Paula evitaba elegir, era la mejor forma de cortar en seco la implicación de la que llevaba huyendo más de un año. Acudía por costumbre, a veces por deseo, nunca en busca de cariño. Desde que todo en su vida se derrumbó evitaba cualquier cosa que se pareciera a una relación. Prefería los encuentros sin nombres.

Se fijó en una mujer al otro lado del salón: traje victoriano de corte masculino, pero ceñido a su figura, sombrero de media copa que dejaba ver una media melena rubia y máscara de cobre envejecido estilo Steampunk. Desde que posó los ojos en ella no pudo dejar de mirarla. Su cuerpo, la forma de inclinarse, el modo en que gesticulaba acompañando cada palabra… Todo le resultaba hipnótico y sensual. Hablaba con otra mujer que vestía como un arlequín y que reía demasiado alto. Deseaba llamar su atención con demasiada intensidad.

En el instante en que la mujer desvió la vista un segundo y la clavó en sus ojos, supo que esa noche iba a romper varias de sus reglas no escritas. Cuando la histriónica fue al baño y se quedó sola, Paula se acercó. Sin hablar, le ofreció la mano a modo de invitación. Ella la observó unos segundos con la cabeza ladeada, pero no tardó en aceptar.

En la pista bailaron lento, muy cerca, sin tener en cuenta el ritmo o tipo de música que la DJ pinchaba. La chica disfrazada de arlequín volvió del baño y fulminó a Paula con la mirada, pero poco podía hacer ya, la otra ni siquiera reparó en que había regresado.

Paula no solía dejar que alguien entrara tan fácil en su espacio, el instinto siempre la obligaba a actuar como un puercoespín a la defensiva, pero algo en esa mujer exigía lo contrario. El calor aumentó entre sus cuerpos al ritmo de Lunch, de Billie Eilish, y Paula deslizó la mano derecha hacia la de la mujer, que había enterrado el rostro enmascarado en su hombro, y la arrastró a un rincón. Empezó a besarla, primero despacio, pero en el momento en que ella correspondió al movimiento de su lengua, aumentó el ritmo. Contra la pared, los dedos de Paula recorrieron la tela que cubría el cuerpo que cada vez deseaba con más urgencia. Por un momento, creyó poder olvidar.

Final alternativo El tentador calor de las llamas

Entonces la mujer susurró:

—Paula…

El mundo se detuvo y la aludida se separó de golpe, como si la piel de esa mujer hubiera aumentado su temperatura hasta quemar.

—¿Qué has dicho?

Ella no reaccionó, ni siquiera contestó, se quedó allí plantada, esperando a que ella claudicara mientras la observaba con esos ojos llenos de cielo. Paula cogió aire bajo la máscara, se ahogaba, pero por nada del mundo se la habría quitado.

Y por fin se rindió, supo que sucedería desde el primer beso, desde percibió su aroma en el ambiente. Había intentado ir contra la lógica, la única cosa que hacía que sus días transcurrieran con cierta cordura. Quiso disfrutar del momento, abandonarse solo una vez más, mientras rezaba en vano para que ella no fuese consciente de la identidad de la persona a la que estaba abrazando.

Paula cerró los ojos y respiró hondo.

—Alicia.

Al pronunciar su nombre todo regresó: los cadáveres, el disparo, Carmen en el suelo, la sangre… La muerte.

Las manos comenzaron a temblarle como ese día. Cerró los puños con fuerza y miró a Alicia. No se movía. No insistía.

—Vamos a mi casa —dijo Paula sin pensar.

Salieron del local en silencio, se subieron en un taxi sin hablar y recorrieron el camino evitando intercambios de palabras que hubieran entorpecido la inercia.

Al poco de llegar al apartamento entraron en el dormitorio, se sentaron en la cama y se besaron de nuevo, al fin y al cabo, habían ido allí para eso. La lengua de Paula recorrió la cavidad bucal de Alicia con ansia intentando encontrar el aire que le faltaba. Paula no había querido que se quitaran las máscaras, no deseaba mostrarse del todo, si eso sucedía corría el riesgo de perderse una vez más. Prefería que aquella noche fuese como una ensoñación, una fantasía a la que poder recurrir si la necesitaba.

Pero Alicia no mostró el mismo deseo de abandono y se zafó del abrazo. Se levantó de la cama y se deshizo de la máscara repleta de engranajes. La dejó caer al suelo y rebotó contra las baldosas como si pesase una tonelada. El plano real golpeó a Paula, los ojos se le humedecieron y notó como el llanto amenazaba con destruir su entereza.

—Por favor, déjame verte —dijo Alicia.

—No.

—¿Por qué?

—Si me muestro, temo volver a hundirme.

Alicia asintió en silencio y se apoyó en el vano de la puerta. Tras la muerte de su hermana Paula evitó coger sus llamadas, no respondió a los mensajes… Hasta que ella dejó de enviarlos. Observó a la mujer a la que durante un breve espacio de tiempo tanto había amado y supo que, aunque no sirviera de nada, debía decir lo que sentía.

—Te he echado de menos.

Paula se quedó petrificada y no supo; o no quiso, contestar.

—Cuando te acercaste en el bar no podía creerlo —continuó Alicia adoptando un tono tan suave que casi era un susurro.

Paula la miró desde la cama, sin moverse.

—Yo tampoco, pero aquí estamos.

—¿Y por qué ahora? Hace tiempo dejaste claro que no querías saber nada más de mí.

El tono de Alicia no era de reproche, muy al contrario, intentaba comprender la situación con el mayor tacto posible.

—No estaba segura de que fueses tú, o puede que sí… —Paula cogió aire bajo la rígida estructura que ocultaba sus rasgos—. No lo sé. Tal vez solo soy estúpida.

—Solo eres una buena persona, y serlo a veces duele.

Paula clavó la vista en la alfombra, de verdad se sentía estúpida. Sorteando sus propias defensas y en contra de su agudizado sentido de protección, se retiró la máscara, la dejó sobre el colchón y levantó la cara para mirarla de forma directa. Sin obstáculos que entorpecieran su visión comprobó que aquello no era una ensoñación. Tenía a Alicia delante, en su habitación, aunque no era ella del todo. El mar de sus ojos, que recordaba claro y en calma, se veía más oscuro, tormentoso.

—No soy la misma —Alicia percibió el análisis.

—Yo tampoco.

Guardaron silencio unos segundos. Alicia volvió a sentarse a su lado en la cama, pero se quedó con la vista clavada en la puerta en la que se había apoyado, como si quisiese comprobar que había una vía de escape por la que salir corriendo antes de acabar herida de nuevo.

—¿Sabes por qué voy a ese tipo de fiestas?

—No.

—Porque desde que estuve contigo no he querido enredarme con nadie.

Paula arqueó las cejas y negó con la cabeza.

—Bienvenida al club.

Alicia volvió la cara y le dedicó una sonrisa, la primera desde que se retiró la máscara.

—El club de las taradas.

Paula quiso sonreír a su vez, deseaba entrar el juego, pero no se sintió capaz.

—A veces tengo la extraña sensación de que yo tampoco salí de ese almacén —confesó Alicia abrazando las sombras que Paula no era capaz de abandonar.

Una punzada en el pecho le recordó a Paula, de nuevo, el rostro sin vida de su hermana, un aliento que ella misma extinguió con su arma reglamentaria. Cerró los ojos para que la visión se difuminara, pero las palabras que más le repetía su psicóloga se agolparon en su cabeza: «si enmascaras el pasado, se enquista». Y fue en ese instante cuando comprendió que no debía recrearse en esa imagen para mortificarse, pero tampoco tenía que enterrarla, sino asumirla… Y asumirse a sí misma.

—Me acerqué a ti porque puede que ya no me dé tanto miedo aceptar lo que sucedió. Creo que necesito hacerlo.

El corazón de Alicia palpitó con fuerza, pero no quiso exteriorizar su alegría al escuchar esas palabras.

Pasó una mano por encima de su hombro y la ayudó a tumbarse. Después se colocó a su espalda y la abrazó en silencio hasta que ambas se quedaron dormidas.  

Paula despertó sola. Por un momento pensó con decepción que Alicia no había comprendido lo que había querido decirle. Sus sospechas se disiparon cuando leyó la nota que había encima de la mesilla:

Dentro de quince días iré a la siguiente fiesta. Si te veo allí me quitaré la máscara, tú decidirás si quieres deshacerte de la tuya.

Paula leyó la nota tres veces. Luego la dobló, se la guardó en el bolsillo y sonrió.

 

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