Radio Cristo rompe las cadenas
Mientras espero que llegue mi taxi, intento ordenar los argumentos que voy a utilizar si consigo que me reciba el ministro. He salido demasiado pronto de casa buscando un poco de aire y, aunque el sol no está muy alto, tengo que refugiarme en la sombra de un palo de mango para evitar que mi vestido quede empapado y yo, impresentable.
«Total, qué más da», me digo, «no solo no me atenderá el ministro, sino que tampoco lo hará la encargada del personal técnico, la habrán sustituido sin avisar y todavía no se habrá incorporado la nueva, nadie podrá darme una respuesta. Con suerte, me atenderá una secretaria, caminando con lentitud, moviendo las caderas sobre sus tacones discretos y, cuando consiga encontrar la agenda, se me acercará para darme una nueva fecha, la tercera en este mes».
La bocina de un coche me devuelve a la realidad. Es Mauricio, el taxista que, como siempre, llega a la hora, la única persona puntual con la que me he cruzado en el país. Con su carácter abierto y comunicador, ha conseguido ganar mi confianza y con ello, muchos de los viajes que realizo en Managua por motivos de trabajo.
Últimamente anda haciendo méritos para recuperar a su mujer que está enfadada porque, cuando tiene fiesta —eso sí, trabajando no bebe—, se pone ciego y ya no sabe regresar a su casa.
—Viera que arrecha está mi esposa. Le prometí que me voy a componer, aunque no es fácil, mire, porque cuando empiezas a tomar, se te olvida hasta el nombre y luego, ella que es bien brava, se enoja y me deja tirado en la calle hasta que amanece. ¿Se imagina, pasar la «goma» tirado como si fuera un «huelepega» de los que viven junto al mercado?… Cuando le digo: «mirá, Socorro, dejáme entrar o la armo», ¿sabe lo que me responde la grosera?: «me vale verga, sos un baboso que te dejas arrastrar por cualquiera». Y mire, la verdad es que algo de razón tiene, pero no es para tratarme así pues.
Mauricio ha prometido ir a la iglesia y sintoniza todo el día en la radio una emisora religiosa.
…¡A su nombre! ¡A su nombre! ¡A su nombre!… En los pobres se manifiestan síntomas de ansiedad, ¿por qué tú no crees que Dios te va a cuidar?¿Por qué tú no crees que Dios te va a ayudar?… ¡A su nombre!, ¡a su nombre!, a su nombre…
No es muy mayor, pero lo parece, el sol curte y en su bigote, casi obligatorio a partir de los treinta, empieza a asomar alguna cana. Su mirada, que conozco sobre todo por el retrovisor, tiene ese brillo travieso de conquistador empedernido. Conmigo no, es muy profesional, adulador, pero lo justo para no resultar grosero.
Por lo que me ha ido contando, sé que está enamorado de su mujer, Socorro, o la Coco, como la llama cariñosamente. Fue capitana durante la revolución y se enamoró al verla con el uniforme militar que, según me contaba, le quedaba de maravilla. De aquello han pasado muchos años, aunque, por cómo me habla de ella, creo que todavía la admira.
A veces pienso que ni escucha la radio. En otras, cuando conduce callado, las menos, es como si contrariamente a lo que a mí me produce, la emisora lo sosegara. Lo noto porque conduce más despacio y toca menos la bocina.
Aprovecho para observar a mi alrededor calles interminables, llenas de árboles, que estaban ya allí antes que el pavimento. Casas sencillas que no estaban antes del 72, pero que se construyeron a toda prisa con materiales económicos después del terremoto.
Llega hasta mí un aroma a naranja recién pelada. En la mitad longitudinal de la carretera, junto a los semáforos, todo tipo de vendedores ambulantes se juegan la vida toreando a los coches de ambos lados. Venden frutas, agua helada, semillas de marañón, jocotes, trapos para limpiar, gafas de sol, limpiaparabrisas, golosinas, fundas de teléfono móvil y lo que se les ocurre. Porque, eso sí, ellos no piden intentando mantener firme su dignidad, son vendedores ambulantes y tienen su trabajo. De vez en cuando sale en las noticias que una ambulancia se lleva a alguno de ellos o de ellas al hospital o al cementerio atropellado por una conducción temeraria, pero siguen allí, no pueden hacer otra cosa.
La semana pasada había sido atropellada una mujer y Mauricio me contaba:
—Si viera cómo quedó la pobrecita porque el «hijueputa» del conductor ni paró el carro para socorrerla, no llegó ni al hospital; claro, que nunca se sabrá qué hubiera pasado si la ambulancia no hubiera dilatado tanto. Allí quedó su nieto, el chavalito de seis años que ahora ya no tiene familia y de seguro ya está condenado a vago de por vida. Y todavía decía el conductor cuando lo agarraron: «es que no la vi, debió cruzarse en medio», pero según dijeron los testigos, era él que iba maniobrando mal haciendo curvar el carro y que iba bien bolo. Como digo yo, si uno toma, mejor no manejar pues.
Quizás esa misma mañana alguien ha caído de nuevo en el asfalto, pero no me estoy enterando porque la radio continúa conectada a la conciencia de mi chofer.
«…A la hora porque estás vivo, a la hora porque estás vivo, a la hora porque estás vivo… quien descarga su ansiedad y lo hace con el que está al lado, lo echamos sobre alguien, lo echamos sobre lugar equivocado… ¡échasela a Dios que tiene capacidad de recibirla, de soportarla, de cargarla, de aguantarla! A SU NOMBRE, A SU NOMBRE A SU NOMBRE…
El locutor comunica con énfasis, grita cada vez más y Mauricio se seca el sudor de la frente y el cuello con un trapito aprovechando un semáforo.
Es algo barrigón debido a su trabajo, pero en general tiene buena planta y cuida su indumentaria, clásica pero muy presentable. En otro viaje me contó que había trabajado para un agregado de la embajada española y eso se nota en el porte, en la manera en cómo me abre la puerta cuando me recoge e inclina levemente la cabeza para saludar.
Le pregunto por la retransmisión y me explica que es un pastor evangelista en una emisora de Miami, Radio Cristo rompe las cadenas, muy escuchada en gran parte de América latina.
«…¿Tú no vales más que una cotorra?¿Tú has visto un pájaro y cómo Dios lo provee? No le falta de nada, por eso la persona, para tapar la ansiedad, busca qué echarse a la boca…
Echo en falta las historias que me cuenta el hombre, hoy muy ensimismado, quizás porque es lunes y está muy reciente su última resaca. Escuchar al eufórico pastor que le gana en verborrea parece ser su penitencia.
La mía es el calor. Es el precio que pago por mi soberbia, por creerme que puedo cambiar algo en este bendito país y dejarme la piel en el intento. Por seguir despacho tras despacho, en una procesión burocrática, buscando algo que refuerce mi convicción para no desanimarme.
«…tú, su hijo, lavado con su sangre. Dice la Biblia: «
Pedid y se os dará», ¿por qué tanta preocupación? Si hemos llegado hasta aquí es porque Dios ha querido, no estamos aquí en vano».
Pago y me bajo del taxi, ya he llegado a mi destino y me voy pensando que sí, que yo también estoy aquí por algo, ya que no creo estar en vano y, por poco que pueda, seguiré intentando convencerles de que lo que este país necesita es una segunda revolución, la revolución interior.
Pienso en Socorro, la esposa del taxista, y recupero la sonrisa. Imagino su cabello recogido por donde se escapa ya alguna cana, sus manos en las caderas, su genio. Y la veo acostada en su cama matrimonial, bien ancha, mientras Mauricio, desde la calle, promete que es la última vez. La descubro rompiendo las cadenas a las que se ató su madre y me llena de satisfacción, como un soplo de aire fresco en la sofocante mañana.
Rosana Román
Relato del libro Archipiélago 2010
La Karcoma
Ediciones Oblicuas
