El monstruo en el armario

El monstruo del Armario

el monstruo en el armario
I

Añoraba aquellas noches lejanas en las que papá me acostaba y, tras ajustarme la colcha muy fuerte hasta la barbilla, me contaba un cuento. Me gustaban esas historias protagonizadas por fantasmas, espíritus y no muertos; relatos que sucedían a la luz de la noche. Para dar más realismo, empleaba una voz diferente para cada personaje, algunas realmente terroríficas, tanto que dejaba de ser papá para ser otra cosa.

Yo le escuchaba atento, sin pestañear, y al finalizar el cuento, y antes de darme un beso en la frente, papá me sugería que mirara hacia el armario empotrado del fondo. Con una voz en susurro, muy despacito, para que nadie más nos oyera, decía: «Jorgito, no hay peor monstruo que el que se refugia allí dentro. Por mucho que insista, jamás le abras la puerta. De lo contario, se comerá tu alma… y tu cuerpo».  Por el rabillo del ojo podía ver a mamá revolverse inquieta en el quicio de la puerta. Muchas veces lo abroncaba por meterme miedo. Al contrario de lo que ella creía, a mí me gustaba. Los cuentos lograban que durmiera del tirón. Así era ella, mucho más estricta, aunque terminara sumándose a nuestras carcajadas cuando papá, después de advertirme sobre el monstruo del armario, se lanzaba a hacerme cosquillas. Tampoco se quejaba cuando papá se acercaba a ella y, antes de apagar la luz, le daba un beso en la mejilla. Luego me dejaban a solas… con el armario. Me recostaba sobre el lado izquierdo y cogía a Davidoso, mi oso de peluche; un regalo de cuando cumplí tres años. Papá y mamá lo dejaban en la mesita pensando que ya no dormía con él. Me gustaba sentir su tacto suave y peludo. Lo apretaba fuerte contra el pecho mientras esperaba a que la vista se acostumbrara a los rayos de luces anaranjadas que se filtraban por entre las rendijas de la persiana y traspasaban la cortina. La claridad me ayudaba a dar un último vistazo al armario, comprobar que las puertas estaban cerradas y que el monstruo encerrado no pudiera salir.

Pero esta noche era diferente. El monstruo había salido y era yo quien se ocultaba dentro.

II

Estaba oscuro, muy oscuro. Apenas había espacio por lo que tuve que apoyar la cabeza entre las rodillas y los brazos apretaban las piernas con tanta fuerza que la presión en la cara dolía. Las ropas que colgaban de las perchas me caían por los hombros y por encima de la nuca, como si desearan ocultarme un poco más. La cabeza me daba vueltas por el hedor que me envolvía. Era por la sangre. Las manos estaban empapadas y el líquido atravesaba la tela del pijama hasta humedecer la piel de las piernas. Estaba cálido, pero, al contacto con la piel, lo percibía como un cubito de hielo. Y era pegajoso. Me agarrotaba los dedos como cuando cae una gota de pegamento en las yemas.

  Tenía miedo y me pregunté si era normal sentirlo cuando estaba escondido dentro del armario.

¡Ojalá hubiera hecho caso a papá y no hubiera abierto las puertas por la noche!

III

«Papá es una persona importante» era la respuesta de mamá cada vez que le preguntaba dónde estaba. A pesar de no entender el significado de ser «una persona importante», papá parecía serlo, al menos vestía como ellos: con traje y corbata. Y eso significaba que nunca lo veía por el día. Se iba a trabajar antes de que yo me levantara, por lo que desayunaba solo —mamá siempre iba de un lado a otro—, y jamás comía en casa los días de diario. Incluso muchos sábados nos quedábamos solos mamá y yo, algo que no entendía: si yo no tenía colegio, ¿por qué él tenía que trabajar? No me acostumbraba a ello y creo que a mamá tampoco le gustaba, aunque no le escuché queja alguna. Ella era así. Por lo menos, al caer el sol, regresaba. Y con él, los cuentos de miedo.

Hasta que una noche no vino.

«Papá es una persona importante». De nuevo fue la respuesta de mamá cuando pregunté el motivo de su ausencia. Sin decir más, se sentó al borde de la cama con un libro muy colorido, a diferencia de los que traía papá, y me leyó un cuento sobre un príncipe valiente que debía rescatar a una princesa muy tonta que estaba presa por un dragón malvado. Lo único que recuerdo fue que ella lo leyó todo con la misma voz.

Al terminar, se acercó a besarme en la frente. Yo me aparté molesto y cerré los ojos. Poco tiempo después, escuché sus pasos al alejarse. Me dio las buenas noches y, sin esperar a que yo contestara, apagó la luz y cerró la puerta.

Esa noche Davidoso se quedó en la mesita. Apreté los puños contra el pecho y deseé que el monstruo saliera. No lo hizo. Nadie le abrió las puertas. Sin embargo, esa fue la primera noche que lo escuché hablar. Fue a lo lejos y no distinguí lo que dijo, pero una cosa estaba clara.

El monstruo estaba enfadado.



IV

Al día siguiente, el despertador me arrancó del sueño. Me costó levantarme de la cama y cuando conseguí despegarme de las sábanas, caminé hacia la cocina con esa sensación de no estar despierto del todo. Al llegar me llevé tal sorpresa que la somnolencia desapareció por completo. Papá se encontraba en la mesa desayunando. Me alegré un montón de que pudiéramos estar juntos, así que me senté a su lado. Mamá, antes de ponerme el tazón con leche, me dijo que no le molestara. Lo tomé como una prueba, si era obediente, seguro que papá se quedaría a desayunar más días conmigo, por lo que mojé las galletas en silencio y me limité a observarlo. Leía el periódico, hacía anotaciones y, de vez en cuando, daba un sorbo a su taza de café. Al terminar, continué con mi rutina diaria y me dispuse para ir al colegio. Mamá me acompañaba y antes de que nos fuéramos comprobé que papá seguía sentado en la cocina.

Por la noche esperé a que me acostara. Lo hizo mamá. Le pregunté por qué no era papá quien me leía el cuento si, al fin y al cabo, estaba en casa. Mamá me respondió que estaba cansado. «Ha sido un día duro para él», dijo sin dar más explicaciones. Solo cogió uno de los libros con ilustraciones de colores chillones y comenzó a leer un cuento que ni me esforcé por escuchar.

Mamá se marchó. Al poco, el monstruo del armario comenzó a hablar. La voz sonaba distante, como si no proviniera del interior del armario, sino de otro lugar de la casa. Yo sabía que se trataba de un engaño. «Una treta», así lo llamaba papá cuando alguno de los fantasmas, de los espíritus o de los no muertos de los cuentos urdía un plan para acabar con el protagonista. Siempre lo conseguían, eso me gustaba. Pero escuchar la voz tan cerca me hizo temblar.

Cogí a Davidoso, lo apreté fuerte contra el pecho y supliqué al monstruo que se callara.

«¡Cállate!».

No pensaba caer en su treta.

«¡Cállate!».

Yo era más listo que los protagonistas de los cuentos de papá.

«¡Cállate!».

Aunque era cierto que también tenía más miedo que ellos.



V

Dormí intranquilo y, al día siguiente, mamá tuvo que darme varios meneos para despegarme de las sábanas. Estaba cansado y muerto de sueño. Volví a encontrar a papá, con el café y el periódico. Me revolvió el pelo y cuando quise decirle algo, mamá vino por detrás y me dijo que no lo molestara.

Al día siguiente también desayunó conmigo. Y al otro. Y así todos los días. Café y periódico. Al principio, me revolvía el pelo. Luego solo me miraba. Y después ni eso. Yo trataba de acercarme y él me espantaba con la mano como si le molestara. Un día le observé desde una silenciosa distancia y me di cuenta de un detalle: papá ya no vestía con traje y corbata. No parecía una «persona importante».

Jamás volvió a acostarme, ni a leerme un cuento.

Mamá era quien lo hacía. Se sentaba a mi lado con esas finas revistas de colores estridentes que relataban historias fantásticas que no me interesaban en absoluto. Era consciente de lo poco que me gustaba que fuera ella quien me acostara y leyera, por eso una noche se esforzó en imitar voces. Y yo le presté atención.

Lo recuerdo a la perfección; porque fue la noche que el monstruo salió del armario.

VI

Recuerdo a mamá leyéndome la historia de un superhéroe que se enfrentaba a un villano siendo consciente de que no podía derrotarlo. Recuerdo las dudas y miedos del superhéroe y recuerdo la fuerza del villano. Recuerdo la voz de mamá cambiando de entonación según leía las frases de uno u otro. Recuerdo el mechón de pelo ensortijado que le caía por la cara y le cubría un ojo por completo; y recuerdo que, cuando la historia estaba en el punto más interesante, se acabó. Recuerdo que mamá dijo que teníamos que esperar a que saliera el próximo número para saber cómo continuaba. Recuerdo que esa noche escuché al monstruo del armario hablar, y lo hizo con dos voces: una más fuerte, al borde del grito, y otra más suave que se entrecortaba. Dos voces bien diferenciadas, como en esa historia del superhéroe y del villano que mamá me acababa de leer.

La historia que nunca supe como finalizó.

VII

Mamá se había marchado. No hubo beso, ni buenas noches. Apagó la luz y cuando la tenue claridad anaranjada iluminó las puertas del armario, lo escuché. Al monstruo.

Esta vez le acompañaron ruidos. 

Me tapé los oídos, en vano. El sonido recorría el dormitorio como si quisiera hacerse notar. Las voces adquirieron un tono más intenso. Y yo contemplaba el armario recordando las palabras de papá: «Jorgito, no hay peor monstruo que el que se refugia allí dentro. Por mucho que insista, jamás le abras la puerta. De lo contario, se comerá tu alma… y tu cuerpo». 

Hice el esfuerzo de pensar en otras cosas más agradables, como en la historia del superhéroe y el villano. ¿Cómo terminaría? Apreté los ojos para dibujar con mi imaginación el desenlace, pero en mi interior solo logré formar la gigantesca forma de un ser peludo, de brillantes ojos rojos, que golpeaba las puertas con unas manos que parecían garras afiladas.

El monstruo imploraba que le abriera las puertas.

Di varias vueltas en la cama con la esperanza de quedarme dormido. Sin embargo, los ruidos y las voces continuaban y se multiplicaban en un eco que acompañaba mi desvelo.

Me enfadé.

Y me levanté de la cama con una idea en mente: si el monstruo deseaba que le abriera las puertas, así lo haría.

¿Qué iba a pasar?

Afronté los tres pasos hasta llegar al armario cegado por la sensación de determinación. Sujeté los tiradores de las puertas. El corazón latía con fuerza; los brazos me temblaban. Escuché. Se hizo el silencio. En ese instante tuve dudas, no tanto como para frenarme.

Abrí las puertas.

Lo que encontré al otro lado me dejó paralizado.

VIII

El interior estaba oscuro. Con los ojos entornados, atravesé la negrura. Al hacerlo sentí el escalofrío del asombro. Allí dentro sólo había ropa. Mi ropa.

En ese preciso instante se escuchó un grito agudo que invadió toda la casa. Salí corriendo de la habitación, crucé el pasillo y llegué al salón.

Allí lo vi.

Mamá, tirada en el suelo. Papá, de pie a su lado. Mamá, con el pelo echado atrás; el ojo derecho hinchado, amoratado. Papá, con una mirada tensa, de pupilas enrojecidas. Mamá, herida en el brazo izquierdo; sangre palpitando. Papá, cuchillo en mano, un brillo encarnado.

Mamá me miró. Papá no.

La imagen me hizo comprender que había sido víctima de una de esas tretas que urdían los fantasmas, espíritus y no muertos de los cuentos que papá narraba. Y yo había caído en su trampa. Había creído que el interior del armario solo guardaba mi ropa y no había sido así. El monstruo que habitaba en el interior había conseguido salir; gracias a que yo le había abierto las puertas.

Ahora estaba dentro de papá.

Tuve miedo. Él parecía más grande y yo era tan pequeño a su lado. Los ojos, el cuchillo, la sangre… No supe qué debía hacer hasta que una voz me impulsó a actuar. Me sentí igual que el superhéroe; no podía derrotar al villano, pero, al igual que él, debía hacerlo.

Grité y con el sonido salió una parte de mí desconocida. Apenas guardo un recuerdo de lo que sucedió después más allá de movimientos apresurados, una ceguera brillante y un eco retorcido. La confusión no llegó a la calma hasta que la respiración casi consiguió ahogarme y el pulso me quemó.

Papá se encontraba en el suelo envuelto en sangre y carne desgarrada.

En mi mano el cuchillo, los dedos bien prietos, como si quisieran asestar una puñalada más. Como si lo necesitaran. Como si lo desearan.

Lo solté. En el momento en que alcanzó el suelo —y rebotó con un reflejo apagado— comprendí lo que había hecho.

Salí huyendo hacia la habitación.

Y me encerré en el armario.

 

IX

Las puertas se abrieron y trajeron un chorro de luz. Me golpeó en el interior de los ojos. El instinto me obligó a cerrarlos. Luego, fui yo quien decidió no abrirlos.

Sentí que las ropas que me cubrían se apartaban a los lados.

—Sal —dijo la voz de mamá.

Desobedecí, a pesar de saber que estaba mal.

La voz de mamá insistió de nuevo.

—Soy un monstruo —pronuncié.

—¿Por qué crees que lo eres?

Abrí los ojos y la miré con rabia por tener la respuesta y no atreverme a pronunciarla.

Hice lo único que se me ocurrió: mostrar las manos ensangrentadas.

—Cariño, no lo eres —me dijo.

—¿Y esto? —Agité las manos, como si ella no las hubiera visto.

Mamá apartó la cabeza.

—Me has salvado. Eres un héroe.

—¡Abrí la puerta! ¡Liberé al monstruo! Y él ahora está…

Ni siquiera podía decirlo, por eso la observé, para que comprendiera. Pero me topé con su ojo derecho amoratado e hinchado.

—Tu lugar está fuera de este armario.

—¡No! —grité—. Yo debo estar aquí. Yo soy…

—¿El qué? Dímelo.

La sangre de las manos pesaba cada vez más.

—¡Soy el monstruo!

Las lágrimas cargadas de rabia se precipitaron por las mejillas. Luego sentí el tacto templado de las manos de mamá sobre las mías. Al hacerlo, lloró conmigo.

Así estuvimos hasta quedarnos secos.



X

—¿Quieres saber lo que eres?

Traté de asentir con la cabeza; solo conseguí dar unos ligeros cabeceos sin sentido.

—Podemos preguntar —dijo.

—¿A quién?

—A alguien que te conoce bien, te cuida y te quiere.

No supe quién podía ser.

—Si te dijera lo que eres, ¿tú le creerías?

—Supongo que sí —dije después de un rato.

Mamá se dio la vuelta y caminó hacia la cama. Regresó al instante. Y no lo hizo sola.

En sus manos traía a Davidoso.

—¿Qué crees que opinaría él?

Al mirarlo, recordé el día en el que me lo regalaron. Venía envuelto en un papel verde con figuras de animales bailando. A pesar de lo gracioso del envoltorio, lo rompí de inmediato. Apareció Davidoso, mi oso de peluche de tacto suave y aroma a felicidad.

—No lo sé —respondí.

—Pregúntaselo —sugirió mamá.

Me lo acercó. Seguía oliendo como el primer día, algo que me parecía tan extraño como cercano.

No lo cogí.

—Diría que es imposible que seas un monstruo.

Negué con la cabeza, pero dejé que siguiera hablando.

—El monstruo haría lo que fuera para que las puertas del armario se abrieran. Desea salir. Tú lo único que pretendes es quedarte dentro.

Me sentía tan confundido que la cabeza comenzó a dolerme como si alguien estuviera peleando dentro.

—Entonces, ¿el monstruo era papá?

Mamá suspiró.

—Eso es algo de lo que tenemos que hablar. Pero no aquí.

Mamá volvió a acercarme a Davidoso. Lo cogí y me ofreció su brazo herido.

—Ven conmigo, Jorgito.

Entré en pánico. Por algún extraño motivo, el nombre me recordó a papá, por eso le pedí que nunca más volviera a llamarme así. «Prefiero que me llames por el otro», imploré.

Mamá me tomó la mano y antes de salir del armario me dijo:

—Te quiero, Bosco.

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